Diario de la Luz
El bosque de olmos
Años atrás dedicaba algunas horas del día a meditar. La forma que había encontrado era muy sencilla: me sentaba en un lugar tranquilo, apartado, en medio de la naturaleza.
En aquel tiempo vivíamos junto a varios amigos en un terreno de la Quinta Región. Era un campo lleno de bosques. Compartíamos algunos trabajos y, como la subsistencia estaba repartida entre todos, no se sentía como un peso. Había una sensación general de abundancia. Lo necesario estaba cubierto. Y esa forma que había tomado nuestra vida nos permitía dedicar tiempo a otras cosas. Podía pasar largas horas meditando.
En una de esas ocasiones caminé hasta un pequeño bosque de olmos. Era invierno y los árboles habían perdido sus hojas. Las ramas desnudas le daban al lugar una atmósfera de levedad. En el suelo crecían enredaderas y cubre suelos, formando un paisaje natural y rústico, sin el orden preciso de los jardines modernos. Había un antiguo banco de parque pintado de blanco. A un costado, un farol colgaba de un poste. Era un rincón íntimo y apartado, suspendido dentro de una poesía atemporal.
Llegué hasta ahí porque sentía algo en mi corazón. Un movimiento interior que me pedía detenerme y darle espacio para desarrollarse.
Me senté. Y lentamente comencé a dejarme absorber por el lugar. El sentimiento comenzó a intensificarse. Permanecí en silencio, mirando los árboles y la luz fría del invierno conversando con los troncos delgados y las ramas desnudas del bosque.
Entonces vi los filamentos por primera vez.
Era una lluvia tenue que descendía verticalmente, atravesándolo todo. Una trama continua que bajaba sin detenerse en medio de la materia.
No era solamente un efecto visual. Mientras la contemplaba, crecía dentro de mí un sentimiento profundo de pertenencia. Había en esa lluvia un lenguaje común que me unía a todo lo que me rodeaba. Me sentía lleno de una presencia indefinible, como si un mismo espíritu atravesara el bosque, la luz y mi propio cuerpo.
En medio de esa experiencia pensé en la historia del hombre. En su soledad. En el modo en que había debido enfrentarse a las circunstancias y a su destino dentro de un mundo muchas veces hostil y desconocido.
Y por un instante pude imaginar algo distinto. Un mundo donde los seres humanos estuviéramos unidos por un lenguaje común. Donde, al participar juntos de un mismo espíritu, pudiéramos reconocernos como hermanos de nacimiento y de condición.
Los filamentos que vi aquel día se convirtieron, muchos años después, en la base de mi pintura: filamentos de luz transparentes atravesando paisajes de cielos y distancias.












