Jorge Riveros El hombre que aprendió a ser mirado
Jorge Riveros de pie contra un muro de madera blanca, con chaqueta de lino y pantalón claro.

El hombre que aprendió a ser mirado

Diario de un perdedor · Jorge Riveros

Un hombre que persiguió el reconocimiento y el éxito, sin saber que en el fondo buscaba a Dios. Lo perdió todo, y aprendió, en una casa de barro a dos mil metros de altura en la cordillera, a comprender que desde siempre había estado siendo mirado por el origen.

El libro

En tres partes


Un libro en tres partes: del descubrimiento de la naturaleza de la luz, a la comprensión y el deseo de poder vivirla junto al otro, hasta descubrir que ahí, en lo más simple y cotidiano, estaba el verdadero descanso de lo que siempre había buscado.

Diario de la Luz

Libro I · Revelación

«Diario de la Luz». El despertar en la cordillera, el descubrimiento de la luz como origen.

El bosque de olmos

Años atrás dedicaba algunas horas del día a meditar. La forma que había encontrado era muy sencilla: me sentaba en un lugar tranquilo, apartado, en medio de la naturaleza.

En aquel tiempo vivíamos junto a varios amigos en un terreno de la Quinta Región. Era un campo lleno de bosques. Compartíamos algunos trabajos y, como la subsistencia estaba repartida entre todos, no se sentía como un peso. Había una sensación general de abundancia. Lo necesario estaba cubierto. Y esa forma que había tomado nuestra vida nos permitía dedicar tiempo a otras cosas. Podía pasar largas horas meditando.

En una de esas ocasiones caminé hasta un pequeño bosque de olmos. Era invierno y los árboles habían perdido sus hojas. Las ramas desnudas le daban al lugar una atmósfera de levedad. En el suelo crecían enredaderas y cubre suelos, formando un paisaje natural y rústico, sin el orden preciso de los jardines modernos. Había un antiguo banco de parque pintado de blanco. A un costado, un farol colgaba de un poste. Era un rincón íntimo y apartado, suspendido dentro de una poesía atemporal.

Llegué hasta ahí porque sentía algo en mi corazón. Un movimiento interior que me pedía detenerme y darle espacio para desarrollarse.

Me senté. Y lentamente comencé a dejarme absorber por el lugar. El sentimiento comenzó a intensificarse. Permanecí en silencio, mirando los árboles y la luz fría del invierno conversando con los troncos delgados y las ramas desnudas del bosque.

Entonces vi los filamentos por primera vez.

Era una lluvia tenue que descendía verticalmente, atravesándolo todo. Una trama continua que bajaba sin detenerse en medio de la materia.

No era solamente un efecto visual. Mientras la contemplaba, crecía dentro de mí un sentimiento profundo de pertenencia. Había en esa lluvia un lenguaje común que me unía a todo lo que me rodeaba. Me sentía lleno de una presencia indefinible, como si un mismo espíritu atravesara el bosque, la luz y mi propio cuerpo.

En medio de esa experiencia pensé en la historia del hombre. En su soledad. En el modo en que había debido enfrentarse a las circunstancias y a su destino dentro de un mundo muchas veces hostil y desconocido.

Y por un instante pude imaginar algo distinto. Un mundo donde los seres humanos estuviéramos unidos por un lenguaje común. Donde, al participar juntos de un mismo espíritu, pudiéramos reconocernos como hermanos de nacimiento y de condición.

Los filamentos que vi aquel día se convirtieron, muchos años después, en la base de mi pintura: filamentos de luz transparentes atravesando paisajes de cielos y distancias.

El otro

Libro II · El prójimo

La doble mirada en el hombre

«El otro». El encuentro con los demás, la doble mirada.

El hombre del metro

Una vez tomé el metro para ir a Independencia, en esos años en que compraba telas en algunas tiendas de esa zona de Santiago. El vagón llevaba bastante gente, aunque no estaba completamente lleno. Yo iba de pie cuando comencé a escuchar unos gritos.

Eran insultos lanzados al aire, palabras violentas irrumpiendo en medio del ruido habitual del metro. Descubrí a un hombre sentado a unos metros, de unos sesenta años, corpulento, con el aspecto de alguien acostumbrado al trabajo físico. Su rostro parecía atravesado por una agitación que lo desbordaba. Sus ojos estaban tan abiertos que parecían no encontrar reposo dentro de su propio rostro.

No sé qué le ocurría. No sé de dónde venía ni hacia dónde se dirigía. Solo podía percibir que estaba profundamente desestabilizado.

Mientras lo observaba, algo comenzó a cambiar dentro de mí. Mi mente dejó de buscar explicaciones. Entré lentamente en un lugar muy sensible y muy humano —no la voluntad adulta de contener una situación, ni el impulso de intervenir para sentirme útil. Era algo más blando. Más inocente. Como si mirara desde un lugar anterior al juicio.

Por alguna razón, comencé a sentir el deseo de recordarle quién era. No al hombre que gritaba. Al ser humano que todavía podía existir detrás de toda esa agitación.

Pensé en acercarme y decirle: "Tata". Se veía como alguien que podía tener hijos o nietos, como alguien que en otro momento de su vida había sostenido una casa, una familia.

Seguí mirándolo desde unos seis metros de distancia. Él no me miraba. Pero poco a poco dejó de gritar. Sus ojos continuaban agitados y su cabeza seguía moviéndose de un lado a otro. Sin embargo, el vagón quedó en silencio.

Cuando el metro se aproximaba a la estación donde debía bajar, se puso de pie y comenzó a caminar hacia mí. El tren todavía avanzaba. Yo sostenía con una mano la barra superior del vagón.

Se detuvo muy cerca, a unos treinta centímetros de distancia. Movía la mandíbula lentamente, como si masticara una ira que no conseguía contener.

—Te voy a matar —dijo.

Giró la cabeza y clavó sus ojos en los míos. Sentí una ola de violencia atravesarme por completo.

Y en ese instante ocurrió algo que no esperaba.

La violencia pasó a través de mí, pero no encontró un lugar donde quedarse. No despertó dentro de mí la antigua herida. No me arrastró hacia una reacción. Sentí miedo, pero algo permanecía intacto.

Él apartó la mirada y bajó del vagón. Yo debía descender en la misma estación. Durante algunos minutos caminamos en una dirección parecida, yo detrás, todavía conmovido por lo que acababa de ocurrir. Una parte de mí esperaba alguna señal interior, el impulso de acercarme, de acompañarlo, de recordarle que seguía siendo un hombre detrás de aquello que lo agitaba.

Pero la señal no llegó. En cambio, apareció una frase, sin saber de dónde venía ni a quién estaba dirigida, repitiéndose dentro de mí:

No fuiste hecho para esto.

No fuiste hecho para esto.

Finalmente él tomó un camino. Yo seguí por otro. Y nunca volví a verlo.

El fruto

Libro III · Vivir

«El fruto». La maduración y el encuentro con Dios en lo cotidiano.

María, una flor en un banco

Por esos mismos años, dentro de mi ruta con la canasta de pan, entraba también a un banco internacional muy importante.

Yo recorría los pisos ofreciendo pan y queso, como hacía en tantos otros lugares. Un día salió de una de las oficinas una mujer española. Se llamaba María. Me compró un pan, un queso, y se quedó conversando conmigo.

No fue una conversación de cortesía.

Me preguntó por mí, por lo que hacía, por mi vida. Y escuchaba.

Eso fue lo primero que me llamó la atención.

Había en ella una disposición que encontraba muy pocas veces. Cuando estaba contigo, parecía estar realmente contigo. No daba la impresión de que estuviera esperando que terminaras para volver a sus asuntos. Abría un espacio y, dentro de ese espacio, uno terminaba hablando también de otra manera.

Cada vez que yo volvía al banco ocurría algo parecido.

María salía, compraba alguna cosa y nos quedábamos conversando. A veces bastante tiempo. Para mí era simplemente María. Una mujer española que trabajaba allí y con la que, poco a poco, se había formado una amistad extraña y sencilla en medio de mi recorrido con una canasta.

Nunca me pregunté demasiado quién era dentro del banco.

Hasta que un día me dijo que la acompañara.

Entramos a una de las oficinas principales. María cerró la puerta.

Recién entonces comprendí que aquella mujer con la que llevaba tanto tiempo conversando no era una funcionaria cualquiera. Era la esposa del presidente del banco.

A mí eso no me cambió demasiado la mirada sobre ella.

Seguía siendo María.

Se sentó y me dijo:

—Jorge, quiero mostrarte este video.

Había participado activamente en un proyecto de inclusión dentro del banco. La intención era abrir un espacio para las distintas identidades representadas por el arcoíris, para la diversidad de género, para personas que muchas veces habían vivido desde el margen.

Era un proyecto importante dentro de una institución enorme. Uno de esos bancos cuya escala cuesta imaginar desde afuera, capaz de prestar dinero incluso a países enteros.

María había puesto mucho de sí en aquello.

Por eso quería mostrarme el video.

No me lo enseñó para que yo la felicitara. Quería saber realmente qué veía yo allí.

Lo miré completo.

Cuando terminó, se volvió hacia mí.

—¿Qué te parece?

Recuerdo que la miré y le dije:

—Mira, María, lo que veo en este video es lo mejor que hay en ti. Esa capacidad de aceptar al otro completamente.

Me quedé un momento mirándola.

Y después le pregunté:

—Pero ¿dónde estás poniendo eso? ¿Dónde estás poniendo, en tu propia vida, lo mejor que hay en ti?

Algo ocurrió en ella.

Fue inmediato.

Como si la pregunta hubiera abierto de pronto un lugar que hasta ese momento había permanecido cerrado.

No tenía que ver con el video. Ni siquiera tenía que ver con el proyecto. Era como si por un instante hubiera quedado frente a algo mucho más íntimo: el lugar en que estaba poniendo su propia vida.

María no supo qué decir.

La mujer que siempre había estado tan disponible para hablar quedó en silencio.

Finalmente dijo algo parecido a:

—Ya… ok.

Y me despedí.

Volví después al banco, como siempre.

Pero María no salió.

Pasó una semana.

Después otra.

Yo seguí entrando con mi canasta, haciendo mi recorrido, vendiendo pan y queso. No pregunté por ella.

A la tercera semana apareció.

Esta vez fue ella quien me buscó.

Me llevó nuevamente a su oficina y cerró la puerta.

—Jorge, me voy.

Me contó que la habían llamado para trabajar en Washington.

Había venido a despedirse.

No recuerdo haber necesitado decirle demasiado.

Nos abrazamos.

Y estuvimos así varios minutos.

Hay encuentros que parecen enormes mientras ocurren y después la vida los va borrando. Uno vuelve a su rutina y aquello termina convirtiéndose en un recuerdo más.

Con María ocurrió algo distinto.

Lo que había aparecido entre los dos aquella tarde, frente a ese video, no se había cerrado cuando yo salí de su oficina. Ella se lo había llevado consigo.

Tres semanas después todavía estaba allí.

Y quizá por eso recuerdo a María de esa manera: como una flor que, por alguna razón, había nacido en medio de un banco.

Jorge Riveros recostado sobre una gran roca de granito, de perfil, mirando hacia la cordillera.

Sobre el autor

Jorge Riveros


Escritor, pintor y músico, radicado en el norte de Chile. Durante varios años vivió aislado en la cordillera de los Andes, un tiempo que marcó tanto su búsqueda espiritual como su forma de mirar la luz. Es la misma que hoy atraviesa su pintura, el Realismo Lumínico, y también el lugar desde donde surgió este diario.

«El hombre que aprendió a ser mirado» es el resultado de veintitrés años de búsqueda personal. Esa misma búsqueda, al ponerla en palabras, fue revelando la necesidad que el autor tenía de comprender el camino que había recorrido.

Portada de El hombre que aprendió a ser mirado: una pintura de trazos verticales que van del gris violáceo, arriba, a un prado oscuro de musgo y color, abajo. El título y «Diario de un perdedor» en letras color marfil, y el nombre Jorge Riveros al pie.

El libro

En papel

Edición en tapa blanda.